viernes, 3 de octubre de 2014

Antiguo obituario


Andrés Sanz
Al empezar a escribir estos renglones nos sentimos poseídos del más profundo dolor ante la desaparición del querido amigo.
Andrés Sanz, ha muerto. Nacido en la noble tierra aragonesa, patria de la sinceridad, de la nobleza de sentimientos, de la franqueza y de la honradez, al par que del valor y del sentimiento patrio, santo y heróico, era el finado, prototipo del aragonés castizo y bueno: padre amantísimo, modelo de esposos, funcionario probo, hombre honradísimo y fiel y escrupuloso cumplidor de sus deberes.
En Ampuero, donde como vecino ha vivido desde su juventud, donde constituyó familia y durante más de treinta desempeñó a satisfacción de todo el vecindario el cargo de agente del correo, era una institución. Todos le querían; los niños le adoraban y le veneraban los jóvenes…
¡Todo esto se ha perdido!
Enfermo desde hace muchos años, conservaba la vida merced a los asiduos cuidados de su amante esposa y de sus cariñosos hijos, que procurando con el mayor escrúpulo hacerle agradable la existencia, le proporcionabn toda las alegrías a la vez que le ocultaban todas las tristezas, pero a pesar de todos los desvelos, a pesar de los cuidados de su familia y amigos, a pesar de los esfuerzos de los ilustres clínicos Doctores don Ramón Rivas y D. Víctor Mora, su robusta naturaleza ha flaqueado y su cuerpo ha pagado a la tierra el tributo que todos la debemos. ¡Dios le haya acogido en su seno!


Amigos dejó muchos: todos los que tuvieron la dicha de tratarle; enemigos o desafectos, ningúno; todos, sin distinción de clases ni de ideas, hemos visto al querido amigo, con el corazón apenado y los ojos humedecidos por sincero llanto, elevar el vuelo hacia las regiones de lo ignoto, donde su alma buena y sencilla gozará vida imperecedera.
Su agonía fue larga. Su muerte dulce y apacible, ha sido por todos sentida. Su entierro una de las mayores manifestaciones de duelo que hemos visto en esta Villa.
A él ha concurrido todo Ampuero; desde los más elevados a los más humildes, presidieron el duelo los Sres. Don Maximiano Santiago y D. Ramon Rivas. Llevaban las cintas D. Juan Garmendia, D. Pedro Peña, D. Francisco Echevarría y D. Manuel Rivas.
Abría el cortejo la Hermandad de la Vera Cruz, con cruz y estandarte y el clero parroquial, con cruz alzada, completando el duelo el Centro instructivo benéfico y recreativo, recientemente constituido en esta Villa, que, asistiendo en pleno y dedicándole una corona, ha querido hacer patente a sus consocios, los hijos del finado. D. Eduardo y don Arturo, la activa parte que toman en su dolor.
Al presentar a su adolorada familia la sentida expresión de nuestra íntima condolencia, Luz Cántabra hace su pesar y les desea resignación cristiana para conllevar tan irreparable pérdida. Cuando se pierde un ente tan digno de ser llorado están de más los consuelos. Pero, si en algún modo pueden contribuir los nuestros a mitigar el dolor de la atribulada familia, solo nos permitiremos recordarles que los buenos no mueren: su espíritu queda en el corazón de todos los que les conocieron y convive en esencia con los que les amaron.
¡Descanse en paz el hombre bueno y honrado que ha desaparecido de entre nosotros!
¡Dios premie en la otra vida las virtudes que en ésta fueron propias!

                                                                                              (LUZ CÁNTABRA--- 19-3-1911)

 

           

 

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