jueves, 8 de diciembre de 2016

Los años locos



Ampuerenses en  Ramales en 1907, 
con la familia Ochoa, foto procedente de Carlos García.
"Fueron años de alocamiento", escribió Carlos García en 1907, "en el ambiente de Ampuero flotaban el rojo de la alegría y el amarillo del oro.





Entre espumas de champagn y embriaguez  festiva surgía potente un espíritu de solidaridad, que llevaba bienestares y placidez... y venían las fiestas y la palabra Ampuero circulaba de montaña en montaña, como eco brillante o programa vestido de colores".

Carlos García habla de las fiestas de Ampuero pero no debemos olvidar que en aquel entonces ni había encierros ni tan siquiera plaza de toros, él se encargaría junto con otros dos amigos de levantarla tres años más tarde.
Y precisamente sobre aquellas fiestas de principios de siglo que tanto renombre dieron a la localidad ampuerense, publicó hace años Julio Poo San Román un artículo: "Se mezclaban en gozosa armonía indianos de México y mozos con clavel en la oreja y pañuelo de seda al cuello. Aquellas fiestas en las que algunos se gastaban hasta 20 mil duros de los de entonces, y en las que en un solo día se tomaba tanto champán como en toda la provincia en un año".
Una referencia desde luego exagerada aunque no debe olvidarse la anécdota ocurrida con la propietaria de las bodegas de uno de los más prestigiosos champanes franceses, la señora viuda de Clicquot, quien cierto verano que al parecer visitaba la villa de Laredo no quiso perder la ocasión de conocer Ampuero, intrigada por el alto consumo de sus vinos en una población tan reducida y por ese motivo se presentó a saludar a tan singulares clientes.

La presencia de indianos en Ampuero, una vez regresados de América, alteró en gran medida el ambiente social de una villa eminentemente agrícola y ganadera. Los indianos, junto a una pequeña élite adinerada y ociosa conformaron el eje en torno al que giraba la vida de su pueblo.
De algún modo puede decirse que fueron años de esplendor. En las afueras del centro urbano construyeron espaciosos chalets de estilo inglés, con grandes galerías acristaladas. Estas mansiones aún pueden verse hoy en Udalla, Marrón o la Calle Abajo, aunque han ido desapareciendo, dejando lugar a modernos bloques de pisos y otras se hallan deshabitadas, casi derruidas, con jardines enmarañados, donde, eso sí, aún continúan creciendo impasibles la tradicionales palmeras, que un día fueron plantadas como símbolo de la tierra mexicana.
El ampuerense M. García Somonte escribió: "Los mozos emigraban y al regresar, con poco o mucho dinero, que de todo había, lo hacían para morir al calor del terruño. Construían una casa y su preocupación era educar a sus hijos. Fueron señores, pese a su poca cultura, y dieron al pueblo una dignidad, una grandeza que saturaba de alegría la vida aldeana".

Dicen de los indianos que tenían costumbre de madrugar y que acudían a la estación de ferrocarril siempre impecablemente trajeados a la espera del tren de Santander que a las 10 de la mañana traía el correo y la prensa. Después se reunían en los cafés a leer y comentar las informaciones de interés, algunos dedicaban buena parte de la jornada al juego.

En Ampuero se reunían numerosos indianos de otros municipios, principalmente de la cuenca del Asón, aunque también de las Encartaciones y de Medina o Villarcayo, y a unos cuantos de ellos los atraía arriesgar en el juego parte de sus fortunas, también aprovechaban para comentar la situación de sus lejanos ranchos, la política o el último espectáculo musical estrenado.

Se ha insinuado que incluso hubo un ampuerense que perdió. sobre los verdes tapetes de las mesas de mármol, todo cuanto poseía incluyendo a su mujer.

"Como lo del juego del bacarrá en el Café Universal, que entonces tenía Luengo", comentaba Julio Poo en un viejo artículo de El Diario Montañés;"y en donde jugadores de profesión salían desplumados muchas veces por la astucia y la suerte de tal cual mejicano o de cualquiera otro del pueblo. Y en donde para burlar la vigilancia, las posturas se hacían de a perra chica o de a perra gorda, pero que en realidad cada una valía 500 o 1000 pesetas de aquellas".

 En fin, ya continuaremos relatando historias de "aquellos años locos".



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